¿Es la educación un negocio o un derecho? ¿Es esa la verdadera pregunta?, ¿viene al caso? ¿Qué hemos aprendido desde mayo del 68 hasta el jarrazo de 2008? ? y ¿qué tiene todo esto que ver con Pink Floyd?
Al compás de las consignas “fin al lucro” y “la educación es un derecho, no un negocio”, hemos presenciado en los últimos años en Chile una serie de protestas, movilizaciones y hasta un acto vandálico en contra de una Ministra. Desde “el Pingüinazo” hasta “el Jarrazo”, el descontento tanto con la LOCE como con la LGE se sigue manifestando con una virulencia in crescendo que debiera llamarnos a todos la atención: algo está pasando.
Lo curioso, es que si esas consignas fueran interpretadas literalmente y a rajatabla, llegaríamos a situaciones de un absurdo mayúsculo. Ello, porque ¿qué puede significar que la educación sea un “derecho” y no un “negocio”? ¿Acaso deberíamos dejar de pagarles sueldos a los profesores y a todos quienes trabajan, directa o indirectamente, en el rubro educacional? ¿Acaso se pretende que todos, desde el rector de un colegio hasta el portero y la persona que hace el aseo en los baños de un establecimiento educacional, trabajen gratis o “por bolitas de dulce”? Hago la pregunta, porque claramente eso es lo que conllevaría implementar, ciegamente, la pseudo-doctrina de que la educación no es un negocio.
Es más, ya que según estas consignas no sólo se debiera abolir el lucro de los educadores y demás personas que trabajan en el sector, además, simultáneamente, se debiera consagrar la educación como un derecho (cosa que sí es, eso no lo niego), me pregunto ¿cómo podríamos garantizar ese derecho a la población? ¿Acaso habría que amenazar a los profesores que no quieran trabajar gratis con penas aflictivas? ¿Debiéramos emplear la fuerza pública para obligar a que todos, desde el portero hasta el rector, hagan su trabajo a cambio de nada? ¿Debiéramos encarcelar a los que no quieran trabajar en esas condiciones?
No es mi intención ridiculizar ni ser burlesco o insultante, pero ocurre que esa sería, en efecto, la única forma de aplicar lo que tantos piden a grito pelado. No estoy diciendo que eso sea lo que ellos quieren, claramente nadie en su sano juicio pediría un absurdo tan monumental; lo que estoy diciendo es solamente que las demandas de “fin al lucro” y “la educación es un derecho, no un negocio” no se pueden ni deben interpretar al pie de la letra. Eso es todo.
Por otra parte, ignorar esas demandas tampoco sería sensato. Todos sabemos que “cuando el río suena, piedras trae”, de modo que el sólo hecho de que la gente se movilice - al extremo de caer en actos de falta de respeto como el realizado por la ya famosa menor de nombre tan melómano y que le valiera su expulsión del establecimiento que la acogía - algo importante está señalando. Entre paréntesis, como dijo Patricio Navia en su blog (ver aquí), habría sido mejor que a esa “cabra chica gritona” se le hubiera obligado a escribir quinientas veces en un cuaderno que nunca se debe faltar el respeto a los mayores, pero, en fin, ese ya es otro tema.
Para retomar el punto: ¿como podemos, entonces, interpretar estas demandas? ¿Qué es lo que realmente quiere la gente cuando enarbola consignas que, de implementarse, nos llevarían a un absurdo tan manifiesto? Me parece que no hay que ser clarividente ni superdotado para percatarse que lo que la gente quiere es una educación de mejor calidad y sin privilegios. Una educación de primer nivel que sea accesible a todos, sin distinciones de clases sociales. Esa es la forma correcta de interpretar esas reiteradas y apremiantes demandas.
Pero para ello no basta con cambiar la LOCE por una LGE ni por ninguna otra ley que sea una versión más de lo mismo. Para tener educación de calidad para todos, lo primero que debemos hacer es percatarnos del abrumador clientelismo educacional que existe en la actualidad y buscar los mecanismos para revertirlo. Al respecto ya publiqué en este blog Clientelismo Educacional y el Pase del Futbolista, un post en el que me preguntaba por qué tantos expertos insisten en la baja calidad de la educación. Como ya señalé en esa oportunidad, es claramente el sistema que considera al alumno como un cliente – que siempre tiene la razón – lo que está socavando la calidad de la enseñanza.
Hace pocos días tuve la oportunidad de escuchar a Fernando Villegas y Héctor Soto, en el programa de radio “Terapia Chilensis”, referirse exactamente a este punto y concordar con lo medular de lo que yo he sostenido. Citando mi propio artículo: “Esto significa en teoría que si el cliente, es decir el alumno, desea sacarse un siete en la prueba de “El Quijote” sin haber siquiera leído el libro, está en todo su derecho a exigirlo pues él es el cliente.” Villegas y Soto, como dije, concuerdan en lo que es esencial de este diagnóstico y, más aún, comentaron en dicho programa que, en apariencia, esa forma de entender la educación, que yo denomino clientelismo, podría tener sus orígenes en “Mayo del 68″, cosa que me hace mucho sentido.
Como es sabido se llama “Mayo del 68″ a los eventos ocurridos en París el año de 1968, cuando se produjeron una serie de huelgas estudiantiles en numerosas universidades e institutos, seguidas de verdaderas batallas campales con la policía y una huelga general que colocó al gobierno de Charles de Gaulle en las cuerdas. Al compás de consignas como “Prohibido prohibir” o “¡Seamos realistas, pidamos lo imposible!” - consignas que en esa época resonaban a intelectualoides pero que, en retrospectiva histórica, más nos parecen simples slogans de publicidad a la yuppie - se terminó accediendo a la materialización de cambios en los modelos educativos universitarios que, poco a poco, fueron traspasándose a los niveles más básicos de la educación y exportándose a otras latitudes tan lejanas como la nuestra.
Puedo a agregar a lo señalado por Villegas y Soto que el punto cúlmine de este proceso quedó claramente marcado en 1979 con el éxito musical de Pink Floyd “Another Brick in the Wall” (parte dos, para ser precisos, ya que es una canción en tres tomos). El famoso estribillo, en el que un grupo de colegiales británicos canta y vocifera “we don’t need no education” (no necesitamos ninguna educación), así como el resto de la letra, que básicamente describe a la educación autoritaria como un lavado de cerebro o un adoctrinamiento orwelliano, es seguramente la expresión más evidente de ese zeitgeist que terminó desnaturalizando a la educación para convertirla en poco más que una pobre subcategoría del rubro del entretenimiento.
Finalmente, al igual que lo hacen Villegas y Soto, debo aclarar que el otro extremo del autoritarismo - que de hecho existió antes de mayo del 68 - tampoco es una buena receta. Como todo en la vida parece ser que los extremos se tocan y lo prudente no está en ninguno de ellos sino en un punto de equilibrio intermedio que rescate lo bueno de cada lado sin caer en lo malo de ambos extremos.
En definitiva, no satanicemos al lucro. Corremos el peligro que de tanto repetir consignas poéticas pero absurdas terminemos adoptándolas como verdades sacrosantas. Concentrémonos en lo que hay que corregir. Claramente el clientelismo es nocivo, al igual que el autoritarismo extremo. Propiciemos un acuerdo y un entendimiento entre ambas posturas. Sólo así tendremos una educación de calidad para todos. Y, al fin de cuentas, eso es lo que todos queremos.
Ilustración de Gerald Scarfe por gentileza de Wikimedia Foundation.

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